Éste es un palco imaginario de un teatro de ópera inventado; pero no por ello (aunque pueda parecer un contrasentido), ni uno ni otro son menos reales. Desde esta ventana a la fantasía, os invito a viajar por el rico, apasionado y apasionante universo de la ópera.. ¿me acompañáis?

TRADUCIR

English plantillas curriculums vitae French cartas de amistad German documental Spain cartas de presentación Italian xo Dutch películas un link Russian templates google Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

lunes, 10 de agosto de 2015

IMPRESIONES Y DESEOS

Han pasado muchos años, pero recuerdo cada detalle de aquella noche en la que vi mi primera "traviata" y en la que, irremediablemente, me enamoré de la ópera.

Muerta ya Violetta en brazos de su desconsolado Alfredo, sonaron los últimos compases al tiempo que el telón comenzó a descender; aún no había éste tocado el suelo cuando el entusiasmo del público se desbordó en una ovación unánime, salpicada aquí y allá con gritos de: "¡Bravo! ¡bravo!". Aunque todos y cada uno de los intérpretes recibieron aplausos cuando salieron a saludar, la más aclamada fue, con diferencia, Violetta, Giuditta Mancini, una joven soprano dramática de coloratura, de origen alemán, que había cosechado sus mayores éxitos precisamente en nuestra ciudad. 


Pálida y demacarada aún por el maquillaje, vestida con el sencillo camisón que había llevado en el último acto y descalza, su figura menuda se inclinaba agradecida ante aquel público que la aclamaba. Enseguida, fue a recibir al director que, sobre la escena, se unió al resto de la compañía para saludar. El telón tuvo que subir y bajar seis veces ante un público que no se cansaba de aplaudir. Al fin, la magia se fue desvaneciendo y, poco a poco, los espectadores fuimos desalojando el teatro.

El palco número dieciocho pertenecía a mi familia desde hacía más de cien años. En 1785, el teatro se incendió y, los enormes gastos que conllevó su reconstrucción se sufragaron en gran parte con la venta de los palcos; fue entonces cuando mi bisabuelo, gran amante de la ópera, adquirió éste. Eligió uno de los dos que lindan con el destinado a los reyes, no por sentirse cerca de ellos, sino por tener la mejor visibilidad posible, no sólo del escenario, sino también de las zonas destinadas a los espectadores. Hay que tener en cuenta que, en aquellos años, se asistía a la ópera, tanto o más que para ver, para ser visto.

A pesar de que el teatro ha sufrido varias reformas a lo largo de su historia, este palco se ha conservado como mi bisabuelo lo dispuso en un principio (o casi). Como podéis ver el techo, de madera repujada, extiende sus ornamentos a lo largo de las paredes, y se combina con el terciopelo rojo con el que están tapizadas tanto éstas como las sillas, cuya armazón es, asimismo, de madera. Fijaos en los dos mullidos sofás, rojos también, que hay en el antepalco, y en el gran espejo que crea la sensación de que la habitación es el doble de grande. ¿El cuadro? sí, también ha estado ahí desde el principio. Desde la primera vez que lo ví, me impresionó el modo en el que los ojos de la dama que está retratada en él, devuelven la mirada a quien la contempla; si venís a mi casa, podréis ver el mismo sillón sobre el que está sentada, aunque a ella no la encontraréis entre mis retratos de familia ...



De vuelta al hogar, en el coche, entusiasmada como estaba, le pregunté a mi abuela: "¿Cuándo venimos otra vez?". Sonriendo, me contestó que muy pronto y que, en esta nueva ocasión, la obra iba a ser muy distinta:
"-No creas que en la ópera sólo se llora -me dijo mi abuela-. Hay óperas muy divertidas, como la próxima a la que te voy a llevar: El barbero de Sevilla." 
Aunque no quiso adelantarme nada acerca de la historia de ese barbero, al día siguiente, y a modo de "aperitivo", mi abuela y yo escuchamos en su querido gramófono "auxetophone" (que conservo con inmenso cariño) al gran Titta Ruffo, encarnando a Fígaro, el barbero más famoso de la historia de la ópera.

Al cabo de menos un mes, las dos volvimos a aquel mágico balcón desde el que, de nuevo, vimos cómo el telón se levantaba...

jueves, 6 de agosto de 2015

LA TRAVIATA (ACTO III): ADIÓS, BELLOS RECUERDOS DEL PASADO

Tan sólo un mes después de la fiesta en casa de Flora, Violetta sufrió una grave recaída en su enfermedad, y tuvo que guardar cama.


Los que en otro tiempo se llamaron amigos suyos, se habían ido alejando a medida que la enfermedad iba ganando terreno. Tan sólo Annina, su fiel doncella, y el doctor Grenvill, permanecieron a su lado.

Su figura, menuda, consumida por la fiebre, se agitaba entre las arrugadas sábanas. En ella, vagamente podía reconocerse a la espléndida mujer que había sido. Su cuerpo apenas abultaba sobre el lecho. La enfermedad se retrataba fielmente en su semblante: los pómulos, marcados aún más de lo que solían, afilaban su rostro hasta la exageración, y los ojos estaban tan hundidos que parecía que tenían miedo de asomarse al mundo.

Annina, su ángel guardián, cuidaba de ella día y noche como la más amorosa de las madres. Sentada sobre una silla, al lado de su cama, velaba su sueño hasta que, de madrugada, vencida por el cansancio, se adormecía.

Aquella última mañana, un acceso de tos despertó a Violetta; trató de incorporarse para que el aire llegase con más facilidad a sus maltrechos pulmones, pero se encontraba tan débil, que le fue imposible. Al fin, con un hilo de voz, llamó: "Annina...". Ésta se disculpó por haberse quedado dormida y la muchacha, sonriendo agradecida por tener cerca a aquella mujer, le pidió un vaso de agua.

Eran poco más de las siete de la mañana. La luz del día apenas había empezado a espantar las sombras de la noche cuando llegó el doctor, fiel como todos los días, si bien la hora era mucho más temprana que la de costumbre. Solícito, reconoció a la enferma y trató de darle esperanzas que, ambos lo sabían, eran vanas. A Violetta sólo le quedaban unas horas de vida.

Fuera, en la calle, París enloquecía, envuelto en la vorágine del carnaval; terrible contraste con el sufrimiento callado e íntimo, que se respiraba en aquella oscura habitación. "Quién sabe cuántos infelices sufrirán mientras otros se divierten..." pensó en voz alta la desdichada e, inmediatamente, pidió a Annina que entregase la mitad del poco dinero que les quedaba a los pobres.

La doncella salió y Violetta, con viva ansiedad, se puso a releer un arrugado papel que aferraba entre sus manos. Era una carta del padre de Alfredo:


De improviso, Annina regresó, apresurada, muy nerviosa. Las palabras se le salían de la boca, pero trataba de calmarse para que la alegría no desbordase el castigado corazón de sus señora cuando le dijese que... ¡Alfredo estaba allí! ¡Había vuelto!


La muchacha deseó entonces vivir con tanta fuerza, que creyó que se produciría el milagro y el cielo compensaría lo mucho que había sufrido, concediéndole una nueva oportunidad. Pero aquel dolor intenso que le taladraba el pecho y la extrema debilidad que sentía, le decían que todas sus esperanzas habrían de resultar vanas. Iba a morir cuando estaba apenas rozando la felicidad con la punta de los dedos.

Cumpliendo la promesa que le había hecho en su carta, Germont acudió a su lado, para pedirle perdón, para abrazarla como a una hija. Pero era demasiado tarde. Al menos, en esos últimos momentos, tenía el consuelo de encontrarse entre las únicas personas que la querían de verdad.


Igual que la tradición cuenta del cisne cuando va a morir, Violetta revivió, por unos breves instantes, para caer enseguida, inerte, en brazos de Alfredo. El pobre muchacho se aferró a aquel cuerpo con desesperación, como si su abrazo tuviese poder para devolverle la vida. Mientras sus lágrimas, mucho más elocuentes que las palabras, caían inconsolables, sintió que quería morir él también.

lunes, 3 de agosto de 2015

LA TRAVIATA (ACTO II, 2ª PARTE): DE NUEVO SOLA ENTRE LA MULTITUD

Una de las cosas que enseña la vida es que sólo podemos estar razonablemente seguros del momento presente, del aquí y del ahora. El futuro depende de imponderables que escapan a nuestra voluntad y que, a veces, nos hacen tomar un rumbo que jamás habríamos imaginado. Eso fue lo que le sucedió a Violetta. La única forma que encontró para hacer que Alfredo renegase de ella fue despertar su odio; para lograrlo, venciendo a duras penas su rechazo a una vida de la que un día creyó haber huido para siempre, regresó con Douphol y, con él, asistió a la fiesta de Flora. Un corazón generoso es capaz de los mayores sacrificios y el de Violetta era noble y desprendido como pocos.

El lujoso salón en el que se celebraba la fiesta resplandecía con el fulgor de un incendio. La música, brillante, describía y enfatizaba un ambiente en el que hombres y mujeres charlaban, reían, comían y bebían, dispuestos a divertirse hasta altas horas de la madrugada. Flora no sabía que Alfredo y Violetta se habían separado, y se soprendió mucho al enterarse de que su amiga acudiría a la fiesta acompañada del barón; se quedó un momento pensativa, pero sus reflexiones se vieron inmediatamente interrumpidas por las máscaras que llegaban para amenizar la fiesta:


Para sorpresa de todos, apareció Alfredo, aparentemente muy tranquilo y desenvuelto. Decidido, se sentó a la mesa de juego. Inmediatamente después, llegó Violetta, muy seria, resignada, del brazo del barón; al ver a Alfredo, Duphol prohibió terminantemente a Violetta que le dirigiera una sola palabra. La muchacha, tratando de mantener la compostura, se maldecía a sí misma por haber acudido allí, por haber sido tan incauta.

Las miradas que Alfredo, desde su puesto, les clavaba al barón y a Violetta, eran dardos rebosantes de veneno. Acicateado por la rabia, Alfredo jugaba arriesgando cada vez más y, tal y como reza un refrán, desgraciado como era en amores, resultó triunfador en el juego. A medida que ganaba partida tras partida, su ira iba creciendo, hasta que acabó por escupir todo el dolor que sentía hacia la mujer que le había traicionado, y hacia el hombre que se había interpuesto entre los dos:


Era seguro que los dos hombres acabarían enfrentándose en duelo, de modo que Violetta, fuera de sí, quiso tratar de convencer a Alfredo para que huyese. Logró verse a solas con él, pero el muchacho le aseguró que sólo se marcharía de allí si ella le acompañaba. Una vez más Violetta, sin saber cómo, encontró las fuerzas para mentirle: le dijo que le había abandonado definitivamente por Douphol porque... porque era al barón a quien amaba. Fue entonces cuando Alfredo estalló como sólo puede hacerlo alguien que siente que no tiene nada que perder, porque ya lo ha perdido todo, porque la ilusión de su vida ha resultado un engaño y se ha desvanecido definitivamente:


En la vida se dan situaciones capaces de transformar, siquiera sea por unos instantes, incluso a las personas de carácter más bondadoso. Alfredo, que no era de natural agresivo, se sintió herido de tal modo que hirió a su vez, con saña, con furia, a aquella que sentía que se había burlado de él. Y fue curiosamente su padre, el causante de ese dolor, el que le recriminó más duramente que se portase así con un mujer. Germont, si bien se decía a si mismo que debía callar la verdad que había detrás de aquella situación, empezaba a comprender hasta qué punto había sido cruel su proceder, pues aquella mujer tenía un corazón más noble que muchas de las damas a las que la sociedad tenía por virtuosas.