Éste es un palco imaginario de un teatro de ópera inventado; pero no por ello (aunque pueda parecer un contrasentido), ni uno ni otro son menos reales. Desde esta ventana a la fantasía, os invito a viajar por el rico, apasionado y apasionante universo de la ópera.. ¿me acompañáis?

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lunes, 7 de septiembre de 2015

EL BARBERO DE SEVILLA: INTERMEDIO

Tras el primer acto, teníamos por delante una pausa de media hora. Di por sentado que mi abuela querría salir a estirar las piernas pero, cuando hice ademán de levantarme, advertí que estaba mirando, muy fijamente, el retrato de aquella misteriosa dama de la que nunca había querido contarme nada. Por alguna razón, sin que yo le hiciese ninguna pregunta, empezó a hablarme de ella:


"Su verdadero nombre era Ferdinande, pero artísticamente, se la conocía como Mia, Mia Cuzzoni. Era la amante de un tal Piermarini, un rico empresario veinte años mayor que ella. En esa unión, el poder del dinero le abrió las puertas al talento artístico que, en el caso de Mía tenía muchas facetas, ya que no sólo cantaba, sino que tocaba a la perfección varios instrumentos, componía, e incluso dibujaba. Su trato exquisito, su conversación ingeniosa, su innato don de gentes, hacían de ella la anfitriona perfecta, a la que todos adoraban. A sus fiestas acudía lo más selecto de la sociedad de la época.


Tras el incendio que devastó este teatro, una vez terminadas las obras de reconstrucción, se eligió para reinaugurarlo una ópera de Paisiello, "Nina". Y ocurrió que, apenas dos semanas antes de la fecha prevista para que, de nuevo, se alzase el telón, la diva que tenía que interpretar el papel principal se puso enferma. Por aquel entonces, la carrera de Mia como soprano apenas había dado los primeros pasos de la mano de Piermarini; tenía, pues, poca experiencia como cantante, a pesar de lo cual el empresario, merced a su gran poder de convicción (tanto verbal como monetario) logró que a Mia le diesen el papel protagonista.

Llegó el día del estreno y tu bisabuelo acudió a este palco, solo. Cuando se acomodó en él, para esperar a que comenzase la representación, no podía imaginar de qué modo ésta iba a cambiar su vida aquella noche... Salió a escena aquella joven de cabellos intensamente negros y piel de nácar, que se movía por el escenario con una gracia infinita y que poseía una voz con el timbre más dulce que jamás había escuchado, y a tu bisabuelo le pareció que no era un ser real, sino fruto de algún conjuro maravilloso... Supo, inmediatamente, que tenía que conocerla.

Al terminar la representación, se apresuró a ir en busca de su amigo Graziani, gerente del teatro, y le rogó que se la presentara. Se dirigieron ambos hacia el camerino de Mia y, una vez tu bisabuelo la tuvo delante, se sintió estremecer... Se quedó mirándola, atrapado por su presencia, tratando de que sus ojos le dijesen lo que comenzaba a sentir por ella... y, para su alegría, creyó percibir en ella una cierta turbación cuando, con mucha delicadeza, él le besó la mano..."

Mientras mi abuela me contaba todo esto, no dejaba de mirar, ensimismada, al cuadro. Parecía que hablaba en sueños; era como si estuviese reviviendo en su mente imágenes que traducía en palabras... hasta que, de pronto, enmudeció, volvió en sí, me miró y sonrió. No le pregunté qué ocurrió después. Sabía que, cuando llegase el momento, continuaría contándome la historia.

Al llegar a casa, busqué entre los discos de mi abuela y encontré la grabación de un aria de aquella ópera de Paisiello. Mientras, con los ojos cerrados, escuchaba, traté de imaginar que era Mia la que cantaba y tuve la certeza de que mi bisabuelo, al escuchar aquellas palabras de labios de la joven, alimentó en su mente la ilusión de que iban dirigidas a él:

"Cuando mi bienamado venga
a ver a su desdichada amiga,
de hermosas flores se cubrirá el prado soleado.
Pero no lo veo..."




lunes, 24 de agosto de 2015

EL BARBERO DE SEVILLA (ACTO I, ESCENA 2ª): ASTUCIA DE BARBERO Y PICARDÍA DE MUJER

¿Cómo vivía la desventurada Rosina el galanteo de su misterioso admirador? ¿qué planes trazaba su linda cabecita para burlar la implacable vigilancia de su tutor?

Tras un breve receso, el preciso para cambiar el decorado, nos trasladamos a un espacioso salón de la casa de don Bartolo; al fondo, el balcón que hasta entonces habíamos visto del lado de la calle permanecía cerrado a cal y canto. Rosina, sola, sentada ante un escritorio garabateaba unas letras, con un ojo puesto en el papel, mientras con el otro vigilaba a su alrededor, no fuera a ser que "alguien" se presentase de improviso. Se sentía a salvo, al menos durante unos minutos, de modo que se lanzó a un vehemente soliloquio en el que detalló todo lo que estaba dispuesta a hacer para lograr el amor de Lindoro; seguro que su tutor no podía imaginar, ni de lejos, la picardía que se encerraba debajo de aquellos rizos:

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Con el ímpetu que era habitual en él, Fígaro se presentó; su principal intención era la de hablar con Rosina a solas, y ésta le insinuó a su vez que necesitaba hacerle una confidencia, pero la prudencia les hizo posponer la charla cuando escucharon ruido de pasos... el barbero corrió a esconderse justo a tiempo de que el doctor, que era quien se acercaba, no le viese.

Entre gritos y refunfuños (que era su forma habitual de expresarse), don Bartolo, interrogó a Rosina:
"-Señorita, ¿habéis visto al barbero?".
La muchacha, furiosa por el trato inquisitivo al que era sometida de continuo por el doctor, reaccionó como si le hubiesen pinchado cierta parte con un alfiler, dio un respingo y, tras responder que sí, se metió en su habitación dando un portazo.

El provecto tutor pretendía casarse con la joven atraído, no por la belleza de ésta, sino por su jugosa herencia. Y estaba dispuesto a lograrlo de buen grado o por la fuerza. Para llevar cuanto antes a término sus pretensiones, había hecho llamar a don Basilio, un clérigo que, a más de ser el profesor de música de la muchacha, era un conocido casamentero. Ambos redactarían el contrato de matrimonio y la boda se celebraría ese mismo día.

¡Tendríais que haber visto a don Basilio! Su sola presencia, cuando entró en escena, causó más de una carcajada entre el público. De estatura superior a la media, era tan enjuto que parecía ser aún más alto. Su raída sotana, que no había visto el agua ni el jabón en mucho tiempo, daba cumplida muestra de dónde se limpiaba su dueño los dedos cuando comía. Los escasos mechones de su cabello (tan falto de higiene como la ropa) se asomaban tímidamente por debajo de la destartalada teja; en la barbilla, su dotación capilar era algo más tupida, y formaba un remolino que proporcionaba a su poseedor un cierto aspecto de chivo. Sobre la nariz, con forma de apagavelas, portaba unas gafas colocadas tan cerca de la punta, que daba la sensación de que habían cobrado vida con la sola intención de huir de aquel ceño eternamente fruncido. Sus manos, acordes en tamaño con aquel corpachón, remataban unos brazos largos como aspas de molino que, cuando su dueño se enfadaba, se agitaban amenazadores. Por bajo de sus vestiduras, asomaban unos pies que, aún para alguien tan alto, parecían demasiado grandes; ello se debía a que el anterior dueño de aquellas botas tenía los pies unos tres centímetros más grandes que los de don Basilio. Toda su persona, en suma, era un poema.

Como primera medida para conjurar el peligro del conde Almaviva (sí, se habían enterado de que ése era el nombre del pretendiente), don Basilio propuso urdir una calumnia que, poco a poco, fuese desacreditando al noble hasta el punto de obligarle a huir de la ciudad:
"-¿Sabéis lo que es una calumnia? -dijo el casamentero-."
Ante la respuesta negativa del doctor, don Basilio pasó a explicar el significado de la palabreja, de la forma más precisa y cómica que yo he escuchado jamás:

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A don Bartolo, sin embargo, no le satisfizo la sugerencia; necesitaba de una acción rápida, y la difamación era una semilla que tardaba demasiado tiempo en germinar. Para don Basilio, que andaba siempre, como supondréis, a la cuarta pregunta, no suponía problema alguno pensar en cualquier otra estrategia si contaba con su mejor acicate: el dinero. A fin de conspirar a salvo de miradas extrañas, los dos chanchulleros se retiraron al cuarto del doctor para extender el contrato matrimonial. 

Al poco, volvieron a aparecer Fígaro y Rosina. El avispado barbero, que había estado escuchando escondido, muy atento, informó a la joven de los planes que abrigaba su tutor. La muchacha no pudo reprimir una carcajada y, al tiempo que espantaba de su mente la idea de contraer matrimonio con su tutor, pasó a cuestiones que eran más de su interés:
 "-Decidme, señor Fígaro, ¿vos, hace poco, bajo mi ventana, hablabais con un señor...?"
"-Ah... -respondió éste- es primo mío. Un joven estupendo, buena cabeza, corazón excelente; ha venido para acabar sus estudios... Sin embargo, dudo que haga fortuna, pues tiene un gran defecto..."
La cara de preocupación de Rosina al oír esta última frase fue digna de ser inmortalizada en fotografía. Imaginé que pensaba: "¿Tendrá una joroba que yo no he advertido?... O tal vez una de sus piernas es más corta que la otra... El caso es que no me pareció que cojease. O puede que le huela el aliento...". Pero, inmediatamente, Fígaro desveló el misterio: el gran defecto de su pariente era que estaba perdidamente enamorado. El rostro de Rosina se iluminó ¿sería ella la afortunada? El barbero le aseguró que sí:

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Ya mucho más tranquila, la joven quedó otra vez a solas, si bien al poco entró de nuevo don Bartolo, dispuesto a enterarse de lo que había venido a hacer Fígaro a la casa esa mañana. Sabía que el aria de "La inútil precaución" había sido una estratagema para comunicarse con su admirador, y estaba seguro de que el barbero había venido a traerle la respuesta. Por más que el doctor quería coger a la joven en un renuncio, haciéndole mil y una preguntas, ella encontraba respuesta para todas, lo que iba provocando en don Bartolo una reacción semejante a la de una olla que empieza a entrar en ebullición, hasta que estalló:

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Estaban don Bartolo y Rosina cada uno en su cuarto cuando alguien llamó, con violentos e insistentes golpes, a la puerta:
"-¡Abrid!" -chilló desde fuera un vozarrón.
La criada, con la poca velocidad que le permitían sus reumáticas piernas, fue a abrir; para su sorpresa y espanto, entró como una exhalación un soldado, dando grandes voces y tambaleándose, completamente borracho. ¿Quién era? En efecto, el conde Almaviva, vestida su osamenta con la precipitación que procedía, dado su supuesto grado de embriagez, y cubierto su rostro con una enorme barba que, gracias al tricornio (el cual tapaba la goma que la sujetaba) podía pasar, más o menos, por suya. Venía dispuesto a quedarse en la casa, fuera como fuese:

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Como no podía ser de otro modo, el tira y afloja entre el falso soldado y el doctor, empeñados ambos, con la misma vehemencia, el primero en quedarse y el segundo en impedírselo, había terminado en pelea, en la que acabaron tomando parte todos los de la casa. Llegó Fígaro para poner paz y advertir a los presentes de que el jaleo que estaban armando había alertado a media ciudad; tanto fue así que un grupo de guardias se presentó en la casa:
"-Decidnos rápidamente la causa de este escándalo -urgieron-".
El sargento que encabezaba aquella comisión, después de escuchar las embrolladas explicaciones de unos y otros (todos le hablaban a la vez), quiso llevarse arrestado al solado que había iniciado todo aquel jaleo; pero Almaviva, como quien se saca un as de la manga, buscó entre sus ropas y mostró a la autoridad un documento cuyo contenido hizo que toda aquella tropa se cuadrase ante él.

Poco a poco, se fue calmando aquella olla de grillos. A todos y cada uno de los presentes, después de un jaleo semejante, les parecía tener dentro de la cabeza una bigornia, donde el martillo del herrador no paraba de golpear y golpear. Así terminó este primer acto, y cuando el telón bajó, dejó al público ansioso por saber qué iba a pasar a continuación.

lunes, 17 de agosto de 2015

EL BARBERO DE SEVILLA (ACTO I, ESCENA 1ª): TODO EMPEZÓ CON UNA SERENATA

En esta nueva ocasión, cuando el telón se alzase, nos mostraría una ciudad que yo no conocería hasta muchos años después: Sevilla. ¿Cómo sería? o, al menos ¿cómo la habrían imaginado los que habían preparado la obra? Además del disfrute escénico y musical, la ópera permite viajar, sin moverse del asiento, tanto en el tiempo como en el espacio.

La obra que íbamos a ver se titulaba "El barbero de Sevilla". El libreto, de Cesare Sterbini, se basaba en una comedia del mismo nombre del barón de Beaumarchais. La música era producto del talento de Giovacchino Antonio Rossini (que todo eso se llamaba) el cual, por lo visto, tenía fama de vago de solemnidad. Contaba mi abuela una anécdota (que decía conocer de buena fuente) según la cual el compositor prefería trabajar en la cama, a pesar de la incomodidad de la postura; un día, se le cayó una página que acababa de terminar y, antes que levantarse del lecho para recogerla, prefirió volver a escribirla. Sea como fuere, en la cama o sentado ante un escritorio, "El barbero de Sevilla" lo compuso en un tiempo récord: menos de tres semanas; el resultado, iba a cobrar vida de nuevo, ante nosotras, aquella noche.

La orquesta se encontraba ya dispuesta; al frente, el nuevo director artístico del teatro, un músico eminente cuyo talento era tal que conocía a fondo, y era capaz de tocar a la perfección, todos los instrumentos de la orquesta. La emoción de la espera se palpaba en el ambiente... Al fin, con el telón aún bajado, el maestro levantó la batuta y comenzó a sonar una deliciosa obertura, que preparó nuestro ánimo para la divertidísima historia que estaba a punto de empezar...


Se descubrió ante nosotros una calle de la Sevilla del siglo XVIII, envuelta en las sombras y la tranquilidad que acompañan a las horas de la noche. Una casa destacaba entre las demás, por el balcón enrejado que tenía en su primer piso. A ella se fue aproximando, con mucho sigilo, un grupo de hombres caminando cómicamente de puntillas. El que iba en cabeza (enseguida sabríamos que se llamaba Fiorello) llevaba una linterna de luz tan tenue que apenas espantaba las negruras que se encontraba al paso; tras él, un grupo de músicos, cargados con sus instrumentos caminaban prácticamente a tientas, por lo que temían tropezar en cualquier momento. Unos y otros se instaban entre sí a no armar ruido, pero resultaban tan escandalosos que parecía extraño que no se despertara algún vecino. Al grupo se unió otro hombre, que era el que había organizado todo aquel despliegue con el fin cantarle una serenata a la misteriosa joven que vivía en aquella casa, de la que se había enamorado perdidamente. Con extravagantes ademanes, cantante y músicos comenzaron su improvisado recital:

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Malévola como he sido siempre, imaginé lo gracioso que hubiera sido que la muchacha, molesta por haber visto interrumpido su sueño, se hubiese asomado maceta en mano, dispuesta a arrojársela al cantor. Eso por no imaginar que, sin advertirle previamente con la voz de "¡agua va!",  hubiese vertido sobre el infortunado lo que, para desgracia de los transeúntes, solía arrojarse por las ventanas cuando en las casas aún no existían sistemas de desagüe. El caso fue que, a pesar de que el trovador se esmeró todo lo que pudo, la dama no se asomó. Quizá tenía el sueño muy profundo.

El día se aproximaba; era hora pues, de hacer lo contrario y alejarse. Con la naturalidad de aquellos a los que les sobra el dinero y se desprenden con facilidad de él, el conde (que tal era el título del enamorado juglar) sacó de entre sus ropas una pesada bolsa, cuyo abundante contenido fue repartido entre los músicos; éstos, ante tal prodigalidad, sintieron la imperiosa necesidad de expresar con efusivos halagos y reverencias su agradecimiento (pensando, sin duda, en posteriores ocasiones en las que aquel hombre necesitase de sus servicios). Ante el ruido que armaban, el conde temió que alertasen al vecindario, y se las vió y se las deseó para que, al fin, se alejasen de allí. Fiorello se retiró también y, a solas ya nuestro hombre, escuchó a lo lejos la voz de alguien que se aproximaba canturreando: "La, la, la, la...":

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El Fígaro de aquella noche fue ni más ni menos que Titta Ruffo. Que llegase hasta mí, en vivo, aquella voz a la que le había oído cantar las primeras notas que conocí de este barbero, fue algo indescriptible. Para un operófilo (y yo ya lo era entonces) no hay nada que pueda compararse al directo (y más, dada la escasa calidad de los discos de entonces).

Una vez que el conde (el cual se había buscado un discreto puesto de observación) reconoció al "factotum", que era amigo suyo, le pidió ayuda para acercarse a la dama que vivía en aquella casa; según creía él, era hija de un médico chocho que la tenía poco menos que secuestrada. El avispado Fígaro, alerta sus sentidos ante la generosa recompensa que, sin duda, recibiría por sus servicios, se apresuró a decir:
"-Habéis tenido suerte porque yo, en esa casa, soy barbero, peluquero, cirujano, botánico, farmacéutico, veterinario... Además, la muchacha no es la hija del médico, sino únicamente su pupila..."
De improviso, la joven apareció en el balcón e, inquieta, se puso a mirar hacia todos lados. ¿Dónde estaría su enamorado? Éste, que, prudentemente se había escondido, apareció corriendo; pero, apenas había tenido tiempo de dedicarle unas pocas y ternísimas palabras, cuando se asomó también...¡el doctor Bartolo! El desconfiado cancerbero, al ver que la muchacha tenía un papel en la mano, se puso en guardia:
"-¿Qué es ese papel? -preguntó con recelo-".
Astuta, nuestra heroína le dijo que era la letra de un aria de "La inútil precaución", una nueva ópera; desde su escondite, el conde comprendió que se trataba de una nota dirigida a él, y ya no cupo en sí de gozo. A fin de tener una excusa para alejar a su carcelero, la muchacha tiró el papel a la calle y el conde, discreta y rápidamente, lo recogió.
"-¡Oh, pobre de mí! ¡Se me ha caído el aria! ¡Recogedla, rápido! -mintió la joven al doctor-".
Refunfuñando y renqueando, don Bartolo bajó a la calle y, una vez alli, se puso a mirar a un lado y a otro, pero la nota no aparecía por ninguna parte. Su pupila le señaló a lo lejos, alegando que al papel se lo había llevado el viento. Pero el doctor, que a desconfiado no le ganaba nadie, se chupó el dedo índice y lo levantó en alto (imaginaos las risas del público al ver el ademán), lo que le permitió comprobar que no corría una gota de aire. Resolutivo, y echando sapos y culebras por la boca, regresó a la casa, dispuesto incluso a tapiar aquel balcón.

De nuevo a solas el conde y Fígaro, éste último se dispuso a leer la carta en voz alta. Si hubiéseis visto la expresión del rostro del conde mientras escuchaba las acarameladas palabras que le dedicaba Rosina (así dijo llamarse la muchacha), habríais pensado que jamás, nadie, se había enamorado tan perdidamente como lo había hecho él. Eso sí, no tenía intención de revelarle a su amada que era el conde Almaviva, hasta no estar seguro de que ella le adoraba por sí mismo, y no por su dinero. Estar, estaría enamorado, pero no era tonto.

La puerta de la casa del doctor se abrió de nuevo y, escondidos, Fígaro y el conde vieron esperanzados cómo éste salía. Le escucharon decir en voz alta que pretendía apresurar su boda con Rosina, para lo que requería la ayuda de un tal don Basilio. Era preciso, pues, actuar de inmediato. En la carta, Rosina le pedía a su enamorado que le revelase quién era y cuáles eran sus intenciones; como respuesta, el conde le cantó (de nuevo, sí) una serenata, en la que se bautizó a sí mismo como Lindoro:

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Lo bruscamente que Rosina desapareció del balcón (hay que decir que apenas se había atrevido a entornar las puertas del mismo, y a asomar la nariz), así como el violento ruido con el que éste se había cerrado, llevaron a los dos hombres a pensar que alguien había entrado en la habitación (la deducción, reconozcámoslo, no era muy difícil, e imaginar quién habría entrado en la habitación, tampoco).

El conde, delirante, juró que accedería a aquella casa a cualquier precio. Pero no podía hacerlo sin Fígaro, de modo que, para espolear la imaginación del barbero, paseó delante de sus narices una bien nutrida bolsa de monedas de oro, con la promesa de que habría muchas más. Fígaro, los ojos casi fuera de las órbitas, estrujó su cerebro hasta que en él surgió una idea: el conde debería hacerse pasar por soldado, que bien podía ser uno de los del regimiento que ese mismo día estaba a punto de llegar.

El coronel era amigo del conde, de modo que a éste no le sería difícil conseguir un uniforme y el correspondiente boleto de alojamiento, que obligaría a don Bartolo a abrirle las puertas de aquella casa. Si, además, Almaviva se fingía borracho, podía tener por seguro que el doctor no sospecharía de él. Con su plan perfectamente urdido, ambos hombres se fueron en direcciones opuestas: uno a su barbería, y el otro en busca del coronel del regimiento.